Estados Unidos de Alemania.

La nota que comparto hoy con ustedes es un una parte de “Una guía para orientarse en el laberinto económico de la actual crisis del euro” de  Marshall Auerback (Levy Institue), y la he seleccionado entre todo lo que vengo leyendo últimamente porque me parece de lo más sensato en cuanto a su visión sobre el presente y el futuro inmediato de la crisis en la Eurozona.

A que está jugando Alemania? Porque se comienza a hablar de “Estados Unidos de Alemania”? Que va a pasar con su principal socio, Francia, si Sarkozy pierde las elecciones?

Todas las respuestas en este imperdible análisis.

La insostenibilidad política de la posición de Alemania

Hay otros asuntos que hacen cada vez más insostenible la posición de Alemania, señaladamente en el frente político, y muy particularmente, en las crecientes tensiones entre Francia y Alemania. Wolf Richter observa que prácticamente todos los candidatos franceses a la Presidencia de la República defienden un papel mucho más agresivo para el BCE. Si la Canciller Merkel cree haber logrado ahora una pausa con Sarkozy, no tardará seguramente en tener que lidiar con François Holande, el candidato socialista, favorito en todos los sondeos, y que aboga por un plan en 5 puntos que resulta anatema para la coalición gobernante en Alemania:

1)     Expandir lo más posible el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF).

2)     Emisión de eurobonos y distribución de los pasivos nacionales entre todos los países de la Eurozona.

3)     Dejar que el BCE juegue un “papel activo”, es decir, que compre deuda soberana europea.

4)     Instituir un impuesto a las transacciones financieras.

5)     Lanzar iniciativas de crecimiento, en vez de aplicar medidas de austeridad.

Como observa Richter, los puntos 1), 2) y 3) son inaceptables para las elites políticas que deciden en Berlín. Aún más radicales con las opiniones del candidato socialista Arnaud Montebourg, quien ha hablado abiertamente de “anexión por la derecha prusiana de la derecha francesa”.

No andan mucho mejor las cosas en el lado derecho del espectro político. El Presidente francés Nicolas Sarkozy corre el riesgo de verse superado por la dirigente del Frente Nacional, Marine Le Pen (hija de Jean Marie Le Pen), que está forjando una candidatura explícitamente antieuropea con creciente capacidad de arrastre, a medida que las nuevas políticas francesas de austeridad siguen mermando el crecimiento económico. En su fútil intento de mantener la calificación crediticia AAA de Francia con medidas de creciente austeridad fiscal, Sarko se arriesga a que le estalle el petardo entre las manos, pues el efecto más probable de esas medidas será la subida del desempleo francés hasta cifras de dos dígitos. Rendir pleitesía a los humores de Moody’s, Fitch y S&P a través de la austeridad fiscal es el equivalente económico a negociar un tratado de paz con al Qaeda.

Qué pasa, si es Alemania la que decide abandonar la Eurozona

Es verdad: Alemania podría perfectamente decidir que hasta aquí hemos llegado, que las acciones del BCE montan tanto como “imprimir dinero”, y comenzar un proceso de abandono de la zona euro. Pero seamos claros respecto de las consecuencias: de emprender ese curso de acción, es lo más probable que Alemania sufriera en enorme shock comercial, especialmente porque su aversión al “comportamiento fiscalmente manirroto” la condenaría a niveles más altos de desempleo (a menos que su gobierno experimentara subitáneamente una conversión camino de Damasco al keynesianismo, lo que resulta harto improbable), o volviera a su vieja política de compra de dólares. También podría afectar a los niveles de vida del alemán medio, porque la gran industria alemana compraba dentro de la unión monetaria con la idea de prevenir que los otrora devaluadores crónicos de la propia moneda, como Italia, se sirvieran de esa política para lograr una mayor cuota en el comercio mundial a expensas de Alemania. Enfrentadas con la perdida de cuota de mercado, las empresas transnacionales alemanas podrían, simplemente, trasladar sus fábricas a las regiones europeas meridionales para conservar cuota de mercado y ventajas de costes, o, en último recurso, servirse de esa amenaza de externalización para presionar a la baja salarios y gastos sociales a cambio de quedarse en Alemania. Llegados a ese punto, tal vez correría sangre también en las calles de Berlín.

Resulta, en efecto, una ironía por partida doble el que Alemania castigue a sus vecinos por ser “manirrotos”, pero dependa del “estilo de vida por encima de los propios medios” de éstos para producir un excedente comercial que permite al gobierno alemán incurrir en menores déficits presupuestarios. Alemania es, de hecho, estructuralmente dependiente del des-ahorro de los demás para poder simplemente crecer. Los déficits por cuenta corriente en otras partes de la zona euro resultan de todo punto necesarios para el creamiento alemán. Es el colmo de la hipocresía que los alemanes protesten contra el exceso de gasto de los países meridionales, cuando es ese exceso de gasto lo único que ha permitido a la economía alemana crecer. Resulta asimismo necio que los alemanes aboguen por una dura austeridad para los países meridionales e interfieran en su potencial de gasto, sin caer siquiera en la cuenta de que eso va a terminar reverberando en la propia Alemania.

Merkel juega un póquer de alto riesgo

Huelga decir que la Canciller Merkel no tiene por qué tener cabal consciencia de todo eso. Acaba de decir que las acusaciones, según las cuales Alemania busca dominar Europa, le parecen “extravagantes”. Pero para cualquier espectador objetivo es claro que el quid pro quo político de una mayor implicación del BCE en la resolución de la crisis de la solvencia nacional europea es el control alemán del comportamiento fiscal de países como Grecia, Italia, etc. Mario Draghi es italiano, pero la cabeza del BCE está jugando un juego alemán del gallina [1]: está adoptando exactamente la estrategia que el director político de Angela Merkel, Klaus Schüler, diseñó hace ya algunas semanas: sacarles a los debilitados países del “Club Mediterráneo” compromisos para la unión fiscal, a cambio de convertir al BCE en un prestamista de último recurso. De modo que, mientras muchos alemanes podrían creer que desean una zona euro más pequeña y más cohesionada, sin los países manirrotos, lo cierto es que las elites políticas reconocen que unos “Estados Unidos de Alemania”, so color de unos Estados Unidos de Europa, se aprestan realmente a realizar sus aspiraciones de dominar política y económicamente a Europa. Esa es la razón por la cual estamos viendo los borradores de un acuerdo, conforme al cual un BCE más implicado es el quid pro quo para un mayor control alemán de la política fiscal en toda la Eurozona. Es el equivalente a la regla aúrea: “Quien paga, manda”.

Es una jugada de póquer de alto riesgo: un farol que terminará llevando a más derramamiento de sangre, según ha observado muy pertinentemente mi amigo Warren Mosler en un artículo reciente:

No hay plan B. Se limitan a subir impuestos y recortar gastos, aun cuando esas políticas generan mayores déficits, no menores. De modo que, mientras se encara el problema de la solvencia y la financiación, el alivio no perdura en la medida en que la financiación sigue condicionada a la austeridad en curso y al crecimiento negativo. Y la austeridad no tiene visos de perseverar, sino de intensificarse, aun cuando la Eurozona ya se ha deslizado hacia la recesión. De lo que puede observarse, se colige, así pues, que resulta imposible que el BCE pueda financiar y, al mismo tiempo, gobernar los elevados déficits necesarios para una recuperación. En tal caso, en la única cosa que puede desembocar la austeridad es en sangre en las calles, y en cantidad suficiente para disparar el caos y un cambio en la manera de gobernar”.

NOTA T.: [1] El “Juego del gallina” es una estructura matemática de la teoría de los juegos de estrategia, en la que los jugadores tienen preferencias parecidas a las de dos automovilistas que, viajando a toda velocidad en la misma dirección y en sentido opuesto, se propusieran ganar por la vía de amedrentar al otro, hasta conseguir que se apartara primero de la vía, dejando expedito el camino al ganador. El perdedor es el “gallina”. Si ambos llevan el juego hasta el final, empeñados los dos en no ser el “gallina” que da nombre al juego, el resultado es un choque castastrófico, y verosímilmente, la muerte de los dos jugadores.

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