Ahorrar o consumir: la nueva disyuntiva de la clase media.

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Acorralados por la inflación. las dificultades para acceder a dólares y los efectos del ajuste, los sectores medios viven, otra vez, la experiencia cíclica de la crisis y sus alternativas: ¿es mejor persistir en el ideal de reservar billetes o gastarlos antes de que valgan menos? Estar atentos a los vaivenes cambiarios, aprender opciones en la Bolsa y desplegar estrategias de gasto inteligente son los nuevos mandatos para este grupo social frente a un Gobierno que vuelve a tensar su relación con él.

Por Lorena Oliva/LA NACION

Cada vez que se plantea la posibilidad de comprar un nuevo electrodoméstico, tal vez cambiar el auto o quizá comprar un modelo de celular más reciente, a la clásica pregunta que solía irrumpir en la cabeza del argentino medio -“¿Es realmente necesario?”- es probable que le siga una nueva: “¿Por qué no, si el peso vale cada vez menos?”.

En un contexto inflacionario como el que estamos atravesando -combinado, por cierto, con tasas de interés más altas, la discontinuidad de muchos descuentos y beneficios tras la devaluación de enero último, una enorme presión tributaria y la quita de subsidios a los servicios de agua y gas anunciados el jueves último-, el poder adquisitivo de la clase media está cada vez más acorralado. Y ante la sensación frecuente de que el valor del dinero se escurre, imparable, como agua entre los dedos, lo que prima es la incertidumbre: ¿cuál es el camino más directo y exitoso en la carrera por lograr algún tipo de reaseguro económico?

Este permanente acoso al bolsillo no sólo está afectando una de las marcas identitarias de la clase media, devenida, sobre todo en los últimos años, en fuente de oxigenación para nuestra vapuleada economía -el consumo-, sino que también ha obstaculizado otra costumbre fuertemente arraigada en el ADN argentino: el ahorro.

Desde el inicio mismo de la clase media argentina, ser ahorrativo fue considerado una cualidad, la antítesis del despilfarro, una condición necesaria para el progreso o el desarrollo futuro. Por eso, a pesar de que la dupla “inflación-restricciones para la compra de divisa extranjera” dificulte la carrera por detener la depreciación del peso, o aunque el mismísimo jefe de Gabinete lo considere promotor de la avaricia, el ahorro continúa desvelando al argentino medio.

Pero ¿qué hacer cuando las principales formas de ahorro de los argentinos -léase, compra de dólares y con ellos, si es posible, adquisición de bienes inmuebles- se encuentran obstaculizadas?

Ahorrar o consumir. Ése parece ser el corazón del dilema que hoy desvela a buena parte de la clase media, en otro capítulo de la ambivalente relación que la une con el kirchnerismo. En una vereda, la premisa es ahorrar a como dé lugar, ya sea comprando el tope de dólares permitido por el Banco Central o adquiriendo algún extra en sitios poco confiables o mediante alternativas legales, como el dólar Bolsa, y hasta incursionando en el mercado del arte o de los metales preciosos.

Pero, a pasitos nomás, se abre la opción del consumo, frecuentada por muy diversas razones: ya sea porque las diferentes vías de ahorro se han vuelto esquivas y engorrosas, o porque cobra cada vez más relevancia la posibilidad del disfrute del dinero (en viajes y experiencias de lo más variadas), o quizá, simplemente, porque consumir es el mandato y mantener el nivel de consumo al que uno venía acostumbrado, el desafío de cada día.

En cualquier caso, la sensación de que el valor de la moneda nacional está en caída libre se sostiene en todos los segmentos. Así que, ya sea para el futuro, para viajar, para el “por si acaso” o, tal vez, simplemente para no entregar las conquistas de los últimos años en materia de consumo, cualquier razón es motivo suficiente para perseguir con frenesí los altibajos del dólar, para comenzar a consultar sitios de Internet sobre microfinanzas o emprender el iniciático camino de la literatura económica, prolífica en títulos que van al meollo del asunto, como ¡Es tu dinero! o ¿Qué hacer con los pesos?

UN DESAFÍO AL INGENIO

“La clase media siempre ahorra. De diferentes maneras: aprovechando las promociones con las tarjetas, las ofertas o las liquidaciones, todas ellas formas de ahorro inteligente aunque volcadas al consumo. Cuando la gente tiene un excedente monetario y busca resguardar su valor, la compra de dólares sigue siendo la opción más elegida. Se compra hasta el límite permitido o se trata de adquirirlo mediante otros mecanismos que se van abriendo paso, como el dólar Bolsa”, explica Nicolás Litvinoff, director del sitio estudinero.net y autor del libro ¡Es tu dinero! (Granica), quien menciona otras formas de ahorrar mediante el consumo: adelantando la compra de alimentos no perecederos y de elementos de higiene personal y de la casa, como una manera de anticiparse a los futuros aumentos de precios.

La directora del Centro de Economía Regional y Experimental, Victoria Giarrizzo, también reconoce que las restricciones al ahorro de los últimos años alentaron novedosos métodos a la hora de ahorrar. “Si clasificáramos la relación de los argentinos con el dinero por tipologías, tendríamos que el que habitualmente ahorra, hoy sigue comprando dólares, o adelanta cuotas o compra de antemano; el que normalmente viaja, realiza reservas con mayor anticipación, y el que vive al día, se ve en la necesidad de agudizar el ingenio para que no se deteriore su canasta de consumo: busca precios, camina más, divide la compra o busca terceras marcas”, ejemplifica.

La especialista, también investigadora de la UBA, revela que, en el pasado, el argentino medio llegaba a ahorrar hasta el 20 por ciento de sus ingresos, pero que hoy las cosas han cambiado. “Empezó a haber sobreconsumo, disparado no sólo por la coyuntura argentina, sino también por un rasgo característico de las sociedades modernas, que es el fomento del bienestar y el auge de las tendencias que promueven el disfrute. Según esta lógica, hoy vale más viajar que estar pensando en dejarles algo a los hijos.”

Por supuesto que estas cuestiones más de tipo sociológico o psicológico se combinan con otras más terrenales. “Cuando vemos que los bancos, sobre todo después de la crisis de 2001, generan mucha desconfianza, que los intereses de los plazos fijos no logran compensar la inflación y que, por otra parte, pese al déficit habitacional enorme que existe en la Argentina, la compra de una vivienda se ha vuelto una posibilidad inaccesible para muchos, la gente opta por disfrutar de su dinero. ¿No se puede invertir en un inmueble? Bueno, se cambia el auto”, ejemplifica Giarrizzo.

Tales afirmaciones coinciden con un relevamiento efectuado por la Universidad Católica Argentina, junto con la consultora TNS Gallup y difundido hacia fines del año último, cuando todavía regía el cepo para la compra de moneda extranjera. De acuerdo con esa investigación, el 27 por ciento de los argentinos prefiere, en caso de ahorrar, guardar el dinero en su casa, en tanto que apenas el 13 por ciento del total lo depositaría en un banco. Otro 27 por ciento aseguró que se lo gastaría y sólo el 8 por ciento del total aseguró que compraría dólares.

Pero en sociedades con alto nivel de incertidumbre como la nuestra, el ahorro es sinónimo de tranquilidad. “En todas las sociedades, el ahorro ocupa un lugar central porque remite a la idea de proyectarse hacia el futuro. En el caso argentino, siempre hubo prácticas de ahorro, en muchos casos a través de grandes dispositivos específicos, como fue la Caja de Ahorro Postal. Pero en los setenta, estos métodos de ahorro popular entraron en desuso, en parte debido al inicio de un fuerte proceso de financialización de la vida cotidiana que fue instalando al dólar como moneda de reserva”, explica Alexandre Roig, investigador del Conicet cuyos temas de investigación tienen que ver con la sociología de la moneda, del ahorro y el crédito.

ESE VERDOSO OBJETO DE DESEO

Las sucesivas crisis económicas que atravesó el país desde entonces no hicieron otra cosa que sellar el encuentro del dólar con la cultura del ahorro en la Argentina. Ya sea mediante el acopio de billetes, o bien a través de la compra de inmuebles -cuyo valor comenzó a expresarse en dólares a partir de los años setenta-, la dolarización del ahorro argentino se fue acrecentando con el paso de los años y los sucesivos sacudones al bolsillo.

La atadura del ahorro con el dólar, que resiste hasta nuestros días, le dice a Nicolás Litvinoff que los sucesivos gobiernos hasta la actualidad no han sabido conservar el valor de la moneda y hacer funcionar la economía. “Para que cambie el sentir con respecto al dólar, tenemos que lograr una moneda más fuerte”, afirma el especialista.

En su trabajo “Pesos, dólares y ladrillos: la espacialidad del ahorro en la Argentina”, Nicholas D’Avella, antropólogo norteamericano especializado en mercados y vida económica, cita el artículo de un analista local sobre inflación y prácticas de ahorro, según el cual si una persona se hubiera ido a dormir en 1975 con el equivalente de mil dólares en moneda local debajo de su colchón, despertaría en 2009, luego de una serie de hiperinflaciones y devaluaciones, con la amarga noticia de que sus ahorros sólo valen 0,0000027 dólares.

“Los problemas de ahorrar en la moneda nacional argentina tienen una larga historia. Durante muchos años y hasta el día de hoy, para los ahorristas la compra de dólares e inmuebles son entendidos como afines. Ahorrar en dólares -el colchonismo <>- es la alternativa para los que no pueden acceder a un inmueble. Y es un tema para el desarrollo nacional, ya que esos dólares en el colchón no circulan en inversiones productivas en el país”, sostiene D’Avella, ante una consulta de LA NACION.

UN ENIGMA DEBAJO DEL COLCHÓN

Aunque es difícil estimar la cantidad de dinero que los argentinos ahorran por fuera del sistema, existen algunas estimaciones que no dejan de sorprender. Durante el fallido plan de blanqueo de capitales lanzado durante el año último, el ministro de Economía, Axel Kicillof, señaló que “un informe de 2006 del Banco de la Reserva de Nueva York ubicaba a la Argentina como uno de los países con mayores tenedores de dólares en el público, unos 40.000 millones”.

Las cifras coinciden con un estudio realizado por la Reserva Federal norteamericana, que cita D’Avella, según el cual se sostiene que los dos destinos más grandes en el mundo para la moneda norteamericana son los países de la ex Unión Soviética y la Argentina.

“Aunque el ahorro es importante para el desarrollo nacional, el ahorro en dólares no sirve para ese fin. Sólo sirve para asegurar los ahorros de particulares, no para fomentar el desarrollo del país. En un mundo ideal, los ahorros de los argentinos deberían servir para fomentar el desarrollo de industrias y negocios en el país a través de créditos. Pero debajo del colchón no sirven para eso. Fomentar ese tipo de ahorro sería un gran logro, pero para eso hay que superar 40 años de historia económica nacional. La mayoría de la gente con capacidad de ahorro teme mucho a la inflación debido a esa historia”, se lamenta D’Avella.

De cualquier manera, algunos especialistas estiman que, en el presente, el ahorro como destino para cualquier excedente de efectivo atrae a la mitad de argentinos que hace diez años. “Ya no se piensa tanto en dejarles la vida resuelta a los hijos como sí en disfrutar de cualquier excedente de dinero. Este cambio de hábito explica por qué, aun en períodos de dificultad económica, la gente sigue viajando”, analiza Giarrizzo.

¿En qué medida el panorama económico presente estará incidiendo sobre esta caída del ahorro que señala la especialista? En cualquier caso, las proyecciones trazan un 2014 incierto y cargado de desafíos, especialmente para una de las variables de ajuste más afectadas por la economía en los últimos años: el bolsillo de la clase media.

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