Relaciones patológicas con el dinero.

Especial de Nicolás Litvinoff para el diario La Nación.

Avaros y pródigos padecen castigo semejante. Como en el mundo no dieron ni conservaron según los términos de una justa medida, en el mismo Círculo pagan ahora su equivalente pecado: remueven, inútilmente, grandes bloques de piedra, símbolo de la gravosa inanidad de las riquezas.
“¿Por qué guardas? ¿Por qué gastas?”
Dante Alighieri, La Divina Comedia, 7° Canto.

Todos sabemos, en mayor o menor medida, a qué nos referimos cuando hablamos de un avaro. Numerosos escritos desde el campo de la psicología, de las finanzas personales e incluso series de televisiónhan estudiado el tema de la tacañería y las consecuencias dañinas para quien la sufre y quienes lo rodean.

La prodigalidad, en cambio, es un término menos conocido y en el que vale la pena profundizar para entender con mayor precisión cómo nos relacionamos con el dinero en todos los ámbitos.

La prodigalidad es una palabra utilizada en el ámbito jurídico utilizada para definir la conducta de una persona que tiende a derrochar su dinero o bienes, malgastándolos en forma desordenada y perjudicando con ello a otras personas que debe mantener.

Analizaremos a continuación esta nueva figura y sus implicancias, para luego contraponerlo con la avaricia.

 LA PRODIGALIDAD

Una frase muy trillada pero cierta es aquella que dice que “el dinero tiene que ser siempre un medio y no un fin”. Ello quiere decir que el dinero no tiene valor en sí mismo, y por ende no puede ser clasificado como algo “bueno” o “malo”, sino que lo que le da sentido es su subordinación al cumplimiento del fin último de un hombre, que debería ser la felicidad.

Si el uso del dinero atenta contra la felicidad de la persona que lo posee, entonces nos encontramos frente a un trastorno monetario o uso vicioso del dinero.

En nuestra relación cotidiana con el dinero, seamos conscientes de ello o no, nos encontramos fluctuando constantemente entre dos polos opuestos: la avaricia y la prodigalidad. En el primer caso, se tiende a conservar el dinero a cualquier precio, mientras que en el segundo se lo gasta de manera desmedida.

Pero lo más interesante de esto es que la conservación y el gasto, por más opuestos que sean en su representación, provienen de un mismo deseo desmedido: en el caso del avaro, se trata del deseo desmedido de poseer riqueza; mientras que en caso del pródigo es el deseo desmedido a gastar en cosas innecesarias.

El uso del dinero no se subordina al fin último de la persona, que como definimos antes es su felicidad, sino a la satisfacción de un deseo parcial y temporario que más tarde o más temprano lo privará de cosas necesarias para su bienestar.

Un ejemplo concreto de prodigalidad es el de la persona que invita a todos sus amigos a tomar al bar con el dinero que necesita para comprar la comida o pagar las cuentas de la casa. Con ello, se ve claramente como la satisfacción de un deseo parcial termina dañando su vínculo familiar y, con ello, su felicidad.

Su relación con el dinero dista mucho de ser sana o productiva.

En casos extremos, la prodigalidad puede ser utilizada de manera legal por los damnificados, como el ejemplo del padre separado que malgasta el dinero que su hijo necesita como cuota alimentaria.

Por último, es interesante recalcar que el pródigo suele evitar los trabajos arduos, porque su interés está puesto exclusivamente en placeres que solo se consiguen con dinero, con mayor propensión al “dinero fácil”.

En el caso de los delincuentes y traficantes, obtienen grandes sumas de dinero de manera veloz y tienden a dilapidar esas sumas rápidamente. Con esto no se está afirmando que el pródigo sea un delincuente, sino que la prodigalidad crea ciertas condiciones que predisponen a quienes la sufren a tratar de ganar dinero rápido y sin esfuerzo.

PRODIGALIDAD, AVARICIA Y SUS RELACIONES

La prodigalidad y la avaricia se oponen en lo referente al modo concreto de usar el dinero: mientras que unos hacen lo que sea para conservarlo, a los otros lo único que parece interesarles es sacárselo rápido de encima.

Además, mientras que la prodigalidad jerarquiza el deseo inmediato, la avaricia subordina cualquier deseo y hasta necesidad para lograr su fin último que es la de poseer más dinero. Por ello es que la avaricia es considerada un pecado capital mientras que la prodigalidad no.

No obstante ello, en la naturaleza intrínseca de su origen, no se oponen en lo absoluto: así como el avaro desea la riqueza que le da “seguridad”, el pródigo en su fuero más íntimo desea la riqueza necesaria como para no tener que medirse en absoluto con sus gastos. Por ello es que ambas patologías pueden clasificarse como un amor desordenado a la riqueza.

Incluso, es posible que ambos se den en la misma persona, como sería el caso de alguien que es extremadamente cuidadoso en gastos necesarios y totalmente desmedidos en otras erogaciones superfluas.

Al existir esta cercanía de amor desordenado a la riqueza no es raro ver que tanto pródigos como avaros tengan comportamientos parecidos en cuanto al modo de conseguir el dinero, dado que ambos querrán siempre más y más para poder seguir plasmando su comportamiento exterior de mayor acumulación o mayor gasto.

CONCLUSIÓN

El avaro considera el dinero como un fin último, y ello hace que pase privaciones innecesarias, lastime gente con su accionar y hasta soporte humillaciones con tal de conseguirlo. De esto se desprende que el modo más indicado de tratar la avaricia es definir un fin superior y más valioso que el dinero, que haga que éste recupere su función de medio. Lo importante aquí es que ese bien fin superior tiene que ser algo que no pueda adquirirse con dinero, porque -de ser así- otra vez el dinero ganaría supremacía como excusa para su obtención.

El pródigo, en cambio, se encuentra en otra situación porque dado que cambia fácilmente el dinero por los placeres inmediatos, no se pone a sí mismo en una situación de adoración hacia lo material. Por ello, es necesario trabajar sobre lo esporádico de la satisfacción versus lo inmanente del daño que produce en otros, de manera tal que pueda modificar su desorden clasificando sus gastos entre necesarios e innecesarios.

Dado que la prodigalidad se encuentra íntimamente ligada al consumismo en el sentido de que un pródigo no compra lo que necesita sino que necesita todo lo que puede comprar, el tomar conciencia de sus propias necesidades reales y las de la gente que depende de él puede ser el camino para lograr la cura.

Como se ve, el descubrir qué grado de avaricia o prodigalidad poseemos cada uno en cuanto nuestra relación con el dinero puede significar un avance importante para mejorar nuestra riqueza espiritual y la relación con lo demás.

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