A esta edad y el pescado sin vender.

Especial de Nicolás Litvinoff para el diario La Nación.

Décadas atrás, una persona se iba del hogar familiar al casarse, a una edad promedio de 22 años. Vivir solo era considerado una extrañeza (en 1980 los hogares unipersonales en Buenos Aires eran el 16% del total, y en 2008 se ubicaban en torno al 32%). Pero los tiempos fueron mutando y hoy en día el primer paso consta de una temporada viviendo en soledad para luego recién convivir (en la mayoría de los casos) o casarse (la minoría).

 

Este “vuelo del nido paterno” puede llegar a alargarse hasta los 30 por diversos factores generacionales y económicos. Estamos hablando de aquella generación conocida como los millennials, que corresponde a los nacidos entre 1981 y el año 2000, y que en la actualidad tienen entre 15 y 34 años. Esta nueva generación ha nacido y/o crecido atravesada por la revolución de Internet, junto con nuevas ideas de las finanzas personales basadas en la importancia de trabajar en lo que a uno le gusta, convertirse en emprendedor y restarle importancia a la posesión de las cosas en post del disfrute.

 

Pero emprender no es nada fácil en sus comienzos, y que todo recurso económico con el cual se cuente debe ser destinado a generar herramientas que posibiliten el crecimiento de la “empresa” (un sitio web o una app para celulares), postergando con ello las necesidades personales de independencia y autosostén financiero.

 

Pero incluso para quienes no están interesados en emprender y aceptan trabajar en relación de dependencia, el concepto de “trabajo estable” es casi una utopía, ya que la movilidad laboral creciente sumado a “las pocas pulgas” que tienen los millennials a la hora de aceptar órdenes y tareas poco desafiantes los lleva a cambiar constantemente de trabajo y enfrentar períodos en los cuales sus ingresos se evaporan, con lo cual el pago de un alquiler mensual sería imposible en este contexto.

 

Sumado a ello, el contexto social y económico aún no se adecuó a este nuevo paradigma, y nos encontramos con situaciones en que las empresas de consumo masivo siguen lanzando sus productos pensando en una familia tipo o incluso numerosa, dificultando con ello la optimización de los gastos que un joven que decida vivir solo debería afrontar.

 

Frente a lo complejo de la situación, un consejo interesante para los “eternos adolescentes” que decidan continuar viviendo en familia hasta bien entrados los 30, tiene que ver con colaborar con los gastos de la casa por más que los padres digan que no es necesario. Es una forma de prepararse para lo que vendrá luego y a su vez de no sentir que se está aprovechando de los recursos “5 estrellas” que el hogar paterno puede brindar desinteresadamente.

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