Divorcio, jubilación y muerte: temas tabú.

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Cuando además de las limitaciones que encierra el vil metal le agregamos condicionamientos sociales, se hace difícil tomar decisiones inteligentes para el bolsillo.
Por Nicolás Litvinoff para la revista Mercado.

La palabra tabú hace referencia a una prohibición, generalmente relacionada con una conducta moralmente inaceptable. Su ruptura está considerada como algo imperdonable por la sociedad que lo impone, y hasta puede ser castigado por la ley. Muchas veces el dinero de por sí suele ser un tema que encierra aspectos relacionados con todo esto.

Pero cuando además de las limitaciones morales y prohibiciones que encierra el “vil metal” per sé le agregamos otros aspectos socialmente conflictivos como lo son el divorcio, la jubilación y la muerte, el grado de represión (individual o social) aumenta exponencialmente generando un alto grado de desconocimiento acerca de las decisiones inteligentes que debemos tomar al enfrentarnos con estas cuestiones y limitando con ello nuestro accionar.

 
Hasta que la muerte nos separe
 
El divorcio, prohibido legalmente duramente muchísimo tiempo en nuestro país, suele ser un tema difícil desde lo emocional y esa dificultad aumenta sensiblemente cuando el tema del dinero se cuela en el medio.
Las estadísticas dicen que en Buenos Aires una de cada dos parejas se terminarán divorciando y así y todo son muy pocos los que planifican ese potencial escenario para estar preparados y no agregarle sufrimiento económico a las penas que ya de por sí se experimentan al pasar por una situación de ese tipo.
 
Ya desde la convivencia sería muy útil comenzar a plantearse preguntas que pocos se hacen y que podrían no solamente alivianar el aspecto económico en caso de divorcio sino incluso evitar la ruptura, ya que está demostrado que las parejas discuten más por temas económicos que por cualquier otra cuestión. Preguntas cómo si es conveniente armar un fondo común para gastos, si hay que blanquear los ahoros con la pareja o firmar un acuerdo pre-nupcial deberían ser contestadas antes de compartir un juego de llaves.
 
Hoy la infidelidad no significa solamente engañar o ser engañado amorosamente sino también financieramente. Ocular a la media naranja deudas contraídas con tarjeta, esconder etiquetas de ropa o no compartir información sobre el dinero ganado son cuestiones que fácilmente pueden entrar en esta categoría.
 
En todos los casos, se trata de omisiones por miedo al conflicto: al suponer que nuestra pareja se va a enojar cuando se entere de nuestros gastos o deudas preferimos esconderlos y ahorrarnos un momento incómodo.
 
La imposibilidad de hablar de estos temas y cometer algún tipo de infidelidad económica está fuertemente asociada a la reacción negativa que descontamos encontraremos en el otro. Sin embargo, optar por ocultar nuestros hábitos significa que no estamos haciendo una lectura correcta y madura de las cosas que pasan y de las consecuencias que pueden tener ya que, por evitar una potencial discusión, hacemos que el problema se haga cada vez más grande, como una bola de nieve, y corremos el riesgo de perder la confianza del otro.
 
El primer paso es generar una charla sobre temas de dinero. Debe llevarse a cabo en un contexto y momento adecuados y no a las apuradas o en situaciones que puedan distraer la atención o impactar en la buena predisposición. “Blanquear” las infidelidades económicas realizadas por ambos servirá para recuperar la confianza y planificar un cambio de actitud de aquí en más. En la misma deben figurar no sólo los gastos que se realizaron sin consentimiento sino también las deudas ocultas o el dinero escondido.
 
Es importante consensuar a partir de qué monto gastado debemos informar al otro: eliminar la infidelidad económica no tiene que ver con consultar o comentar cada gasto que hicimos o estamos por hacer. La pareja debe establecer a partir de qué monto es necesario notificar al otro. Esto aplica también a pequeños gastos “hormiga” (café camino al trabajo, llevar a lavar el auto, o cigarrillos) que, sumados, alcanzan o superan el monto consensuado. Sería aconsejable considerar el esquema de las 3 cuentas bancarias: En algunos casos puede ser conveniente que cada uno tenga su propia cuenta para sus gastos personales y que se abra, además, una tercera cuenta conjunta en la que ambos aportan y de donde se extrae el dinero necesario para los gastos comunes.
 
“Dividir las aguas” de una manera eficiente puede ser una buena estrategia para disminuir el riesgo de conflicto sobre temas financieros, y evitar con ello el potencial divorcio que termine perjudicando emocional y financieramente a ambos.
 
El retiro les sienta bien
 
Uno de los motivos que más preocupa a los Estados de los diferentes países del mundo es la crisis de los aportes previsionales, en donde casualmente la mayoría de los trabajadores en relación de dependencia tienen puestas sus esperanzas de retiro. Así y todo, son muy pocos los que hablan sobre la vejez y la jubilación antes de llegar a las 40/50 años, edad en donde nos damos cuenta que irremediablemente tendremos que lidiar con un tema sobre el cuál no nos hemos preparado cuando debíamos.
Existen fallas intrínsecas que “la idea del retiro” trae aparejada desde su concepción, al afirmar que la norma de la jubilación como zanahoria falla en cualquiera de los escenarios posibles: es muy probable que a la hora de jubilarse el pago de nuestra jubilación dependa de cómo estén las finanzas globales en ese momento (con una crisis cada 5 años, como venimos teniendo, los pronósticos no son muy alentadores) o, en el caso de haber logrado reunir cierto capital para darnos los gustos que siempre quisimos, es probable que nos encontremos con que no tenemos la energía para hacer esas cosas que soñábamos en nuestra juventud o adultez y que postergamos a causa del sacrifico.
 
Al crecer las jubilaciones y los fondos de pensión (encargados de administrar el dinero de los aportantes), se creó una interesante paradoja: los trabajadores terminaron financiando a las empresas y gobiernos al colocar indirectamente sus ahorros en las bolsas mundiales.
 
¿Cómo es esto? Muy simple: los fondos de pensión, como cualquier otro fondo de inversión, colocan la mayoría del dinero que reciben de sus afiliados en activos que cotizan en las Bolsas, como acciones, títulos de deuda privados y de gobierno. Las Bolsas presentan volatilidades (estos es, variaciones muy bruscas de precios) cada vez más frecuentes, e incluso fuertes caídas como en los años 2001 y 2008.
Un crash financiero podría privar a los jubilados en poco tiempo de lo aportado durante toda su vida, al evaporarse el valor de los activos.
 
Pero no es el riesgo bursátil el único que el sistema previsional debe afrontar: desde los años 70, el desempleo estructural y el envejecimiento de la población redujeron los aportes de los trabajadores aumentando al mismo tiempo los gastos por seguro de desempleo, especialmente en Europa. Esto hizo que a partir de entonces, los sistemas jubilatorios y de seguridad social sufran un desfinanciamiento que debe ser cubierto por aportes estatales, aumentando el déficit fiscal de los países.
 
Como se ve, no hablar de estos temas y confiar en la jubilación estatal es una comodidad que se puede pagar muy cara.
 
Para evitar esto, existen dos caminos: el ahorro propio y la responsabilidad a la hora de invertir ese excedente. Es importante a su vez buscar trabajar de lo que a uno le guste con el fin de no retirarse (o jubilarse) nunca o hacerlo a una edad muy avanzada.
 
La muerte que nos bloquea
 
Temas que sean más tabú que la muerte debe haber pocos. Todos sabemos que algún día nos vamos a morir pero la simple mención de ello puede resultar tan angustiante que muchos prefieren bloquear esto de sus cabezas y ni siquiera se plantean la posibilidad de planificar su herencia y demás cuestiones que podrían aliviar mucho a los seres queridos que, en muchos casos, terminarán enfrentándose con sus propios familiares debido a nuestra falta de planificación en el tema.
 
El tabú es tan fuerte que directamente se opta por la peor opción de todas: “de eso no se habla”.
Imaginemos una situación habitual: los padres se encuentran transitando su sexta década y ya son abuelos. Son dueños de la casa en la que viven, un departamento en la costa, un auto, una cuenta en el exterior con una indemnización cobrada que se preserva como ahorro y un par de cocheras compradas como inversión. Tienen tres hijos con los cuales nunca han hablado seriamente del tema de la muerte y la herencia.
 
¿A quién le correspondería romper el hielo? Los padres no lo hacen porque sienten que con ello “llamarían a la muerte” , porque no quieren que sus hijos se preocupen al pensar que tienen alguna enfermedad  o simplemente porque se sienten jóvenes aún y ven la muerte como algo lejano. Por su parte, los hijos se llaman a silencio porque no quieren que sus padres piensen que les están “contando las costillas”, porque sienten que sus progenitores deberían ser quienes encaren el tema o porque directamente no se animan.
 
Cuestión: nadie habla de ello, los padres se mueren 15 años más tarde y los hijos afrontan gastos cuantiosos que se podrían haber evitado al tener que pagar los costos de la sucesión, tasa de justicia, inscripción y demás. Los ahorros que sus padres tenían en EE.UU. son grabados con alícuota que va del 30% al 50% en concepto de tax witholding (tal es el impuesto a la herencia que se paga en ese país para ciudadanos no americanos), dinero que queda en las arcas del fisco norteamericano. Como si fuese poco, surgen peleas porque la madre habló en privado con uno de los hijos y le dijo que le correspondería quedarse con más herencia que los otros porque en vida lo habían ayudado menos, pero no existe ninguna prueba de ello.
La primera solución a este problema es hablar del tema de manera abierta, reconociendo que nadie es inmortal y planificando el aspecto legal y sucesorio a fin de evitar gastos innecesarios.
 
La segunda solución (que es mejor que la primera) es no solo hablar sino dejar asentado de manera escrita cuáles son los bienes, ahorros, y demás pertenencias con las cuales se cuenta y si existe algún deseo de reparto especial entre los herederos que no sea en partes equitativas. Esto se puede hacer mediante un acta ante escribano o de manera más informal pero con todas las partes involucradas presentes y con dos testigos de confianza de la familia.
 
Luego un consejo fundamental que suelen dar los asesores financieros con cierta ética y experiencia es que el dinero proveniente de la herencia se mantenga cash y no sea invertido por al menos un año. Eso evita tomar decisiones emocionales cuando el deceso de un ser querido está demasiado a flor de piel para poder invertir luego en un escenario más racional y menos emocional.
 
Que el tema de la muerte sea tabú termina favoreciendo a toda una industria que se aprovecha de esta situación y termina apropiándose de una parte importante de la misma. Los abogados, por ejemplo.
Hay una frase que siempre me pareció muy simpática que dice “es mejor ponerse colorado ahora y no verde después”. Es mejor hablar los temas difíciles ahora, por más que ello nos haga pasar un “momento incómodo” antes que encontrarnos luego que por no hablar de ello estamos pocos maduros para afrontar lo que se nos viene.

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