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Dinero y felicidad.

​Especial de Nicolás Litvinoff para el diario La Nación

“El dinero no produce la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesitaría un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”.

Woody Allen

Como si fuese a pedido de Woody Allen, ese especialista avanzado que debería verificar la diferencia apareció y se trata de Daniel Kahneman, psicólogo de origen israelí que en el año 2002 se alzó con el premio Nobel de Economía por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica.

Actualmente catedrático en la Universidad de Princeton, Estados Unidos, Kanheman ha estudiado en profundidad la relación entre el dinero y la felicidad, llegando a resultados asombrosos que vale la pena comprender y difundir dado que podrían tener un efecto importante en la cosmovisión de la vida y la riqueza que posee la mayoría de la gente.

LA ILUSIÓN DEL ENFOQUE

En un artículo publicado en la prestigiosa revista Science en 2006 titulado: ¿Serías más feliz si fueses más rico? Una ilusión de enfoque, Kahneman explicó los resultados de un estudio que realizó para comprobar la relación existente entre dinero y felicidad, al evaluar las respuestas de 1700 mujeres con diferentes niveles de ingresos.

Si bien el grueso reconoció que un ingreso mayor contribuye a un mayor bienestar, los investigadores encontraron que quienes perciben ingresos más altos no necesariamente lo pasan mejor.

“La gente con un ingreso por sobre el promedio está relativamente satisfecha con su vida, pero es apenas un poco más feliz que otras personas, tiende a vivir más tensa y no pasa más tiempo en actividades particularmente agradables”, afirman los investigadores entre las conclusiones de la investigación.

Para realizar la encuesta, se diseñó y utilizó el método de la reconstrucción del día, una herramienta que mide la calidad de vida según la satisfacción que se experimenta en diferentes momentos de cada jornada. Al cruzar los datos y respuestas de aquellos que ganaban menos de 20.000 dólares al año con los que generaban más de 100.000 en el mismo período, se observó que mientras que los primeros destinaban casi el doble de tiempo a conversar con sus amigos y demás actividades recreativas y placenteras, las personas de mayores ingresos pasaban la mayor parte del día en labores “obligatorias” como el trabajo y cuando se trataba de “pasarla bien” no era raro que recurriesen a actividades sencillas y nada costosas. El efecto de los ingresos sobre la satisfacción vital tiende a ser momentáneo: uno se “acostumbra” pronto a su nivel de ingresos (nivel de vida) y ello deja de producirle satisfacción.

Esta diferencia entre lo que la gente asume (la relación directa entre riqueza y felicidad) y lo que finalmente termina ocurriendo (que la felicidad se relaciona más con otros factores más simples, como veremos más adelante) fueron explicados de manera muy sencilla por Kahneman en un discurso que brindó en la Universidad de Princenton, en el que se explayó sobre un nuevo concepto: la ilusión del enfoque.

“Nada en la vida es tan importante como crees en el momento en el que estas pensando sobre ello”, afirma Kaheman para explicar este concepto. La ilusión del enfoque hace que se concentre erróneamente el ideal de felicidad en una sola cuestión, que no tiene por qué ser el dinero. De hecho, como se plantea en el discurso citado, el catedrático hace hincapié en la falsa idea que se tiene en los Estados Unidos acerca de que la gente que vive en California tiende a ser más feliz que el resto dado el mejor clima durante el año. Al realizarse trabajos de investigación sobre los californianos se llegó a la conclusión de que tenían los mismos problemas que el resto y que el clima no tenía prácticamente incidencia en su bienestar general.

Kahenman diferencia entre un “”yo que experimenta” y un “yo que recuerda”, que según afirma, todos tenemos en nuestro interior. Mientras que el primero vive el presente, momento a momento, y se relaciona más con la experiencia emocional o cognitiva, el “yo que recuerda” es un narrador de historias, y se esfuerza por hacer que las mismas sean buenas en todos los sentidos.

El punto es que “ambos yo” son felices pero por diferentes cuestiones: mientras que el “yo que recuerda” siente bienestar por temas como el cumplimiento de objetivos, las posesiones o el dinero ganado, el “yo que experimenta” alcanza su satisfacción al estar con la gente que quiere, viajar o aprender cosas que le interesan, entre otras cuestiones relacionadas.

MACROECONOMÍA DE LA FELICIDAD

Ahora que sabemos que el incremento de la riqueza y el dinero no está directamente relacionado con el aumento de la felicidad, cabría preguntarse entonces cuáles son las cuestiones que sí atañen a una mayor sensación de bienestar.

Al respecto, en un paper escrito por Rafael Di Tella (Harvard), Robert McCulloch (LSE) y Andrew Oswald (Warwick) llamado “Macroeconomía de la felicidad”, se llegó a la conclusión de que no es el dinero o el crecimiento económico de un país lo que más incidencia tiene en la felicidad de las personas, sino que existen otros argumentos y factores a tener en cuenta:

Tiene más rédito en materia de bienestar emocional gastar dinero en experiencias (salir, ir al cine, viajar, cenar afuera con amigos) que en bienes (auto, ropa, tecnología, etcétera)

  • Los individuos con un solo hijo son más felices que los que tienen 3 o más.
  • Los desempleados son personas menos felices que los empleados.
  • El desempleo causa mucha más perjuicio que la inflación en términos de felicidad (algo que se creía que era al revés).
  • Cuantos más ingresos se tiene, más sensación de felicidad, pero hasta cierto punto: cuando se cubren las necesidades básicas, esta relación se debilita. El efecto que el crecimiento del PBI per cápita produce sobre el bienestar de las personas es creciente y positivo en un primer momento, pero luego este efecto pierde fuerza al acostumbrarse los individuos a esta nueva situación.
  • Los hombres son menos felices que las mujeres, y la felicidad tiene, con respecto a la edad, una forma de U (se es más feliz en la primera etapa de la vida, más infeliz luego y nuevamente más feliz al final).
  • Quienes poseen muchos amigos tienden a ser más felices que aquellos con tendencia más solitaria, al igual que aquellos que viven con una pareja estable con respecto a la gente que vive sola.
  • Tener relaciones sexuales al menos una vez por semana y dedicar tiempo y energía a actividades solidarias tiene mayor incidencia en la felicidad que el dinero.

CONCLUSIÓN

Cuando una persona siente envidia de un millonario, este sentimiento no nace de los millones en sí que el acaudalado posee invertidos o depositados en una cuenta bancaria: lo que se envidia es la vida que esa persona lleva (en nuestra imaginación) gracias al capital con el que cuenta.

Pero ahora que sabemos la existencia de la ilusión del enfoque, podemos concluir que es un grave error de apreciación concentrarse en una sola cuestión como causante de la felicidad en una persona.

La idea del dinero como disparador de la felicidad puede servir como motivación, como potenciador de las ambiciones personales, pero es, al fin de cuentas, una idea vacía de sustento.

¿Significa esto que no debemos preocuparnos más por lo material? Pensar ello sería simplemente una mala lectura de lo expuesto.

El dinero existe y tiene importancia en nuestras vidas, pero no más que una buena cena con amigos, el afecto de los seres queridos o la inmensa satisfacción que otorga el ser solidario y ayudar a quienes más lo necesitan. Como lo dijo magistralmente alguna vez el escritor argentino José Narosky : “Quién cambia felicidad por dinero no podrá cambiar dinero por felicidad”.


¿Quiere que el dinero se transforme en una fuente de satisfacción en vez de una fuente de preocupación en su vida?

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