Tres creencias nocivas para tus finanzas.

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Especial de Nicolás Litvinoff para el diario La Nación.

Tanto en nuestra vida personal como en nuestra vida financiera, nuestros deseos y los escenarios que se nos presentan nos llevan a tomar decisiones y a elegir determinadas direcciones. Cuando los resultados no son los esperados aparece lo que se llama una brecha de efectividad. Es decir, se agranda el espacio que hay entre lo que pretendemos y lo que en realidad obtenemos.

Para reducir o cerrar esta brecha (y hacer que los resultados sean los deseados) no alcanza con cambiar el comportamiento o la dirección, es necesario salir de nuestro lugar de observadores y analizar nuestra realidad desde otra perspectiva distinta para tomar luego decisiones acertadas.

Existen diversas creencias originadas en frases antiguas, muy nocivas para las finanzas personales de quienes creen en ellas ya que se colocan en una posición de observadores, donde lo material tiene una connotación negativa y limitante.

Hablar sobre estas creencias, comprender los fundamentos de por qué son falsas y reemplazarlas por nuevas creencias más actualizadas, positivas y vitales es el punto de partida para cambiar nuestra forma de hacer las cosas y conseguir resultados diferentes.

“EL DINERO OTORGA LA FELICIDAD: LA COMPRA HECHA”

El que dice que el dinero no otorga la felicidad debería hablar con alguien que vive debajo de un puente y con todo tipo de privaciones. De la misma manera, el que afirma lo contrario podría pedir opinión a Bill Gates, que no está ni cerca de ser el hombre más feliz del mundo, a pesar de ser el más rico.

Así como afirmo que demonizar al dinero es un grave error, también lo es idealizarlo y pensar que sólo mediante su obtención podremos alcanzar la felicidad.

En el documental Happy, disponible en Netflix, los creadores cuentan que, luego de diversos estudios sobre la felicidad, se llegó a la conclusión de que el 50% tiene que ver con nuestra genética, el 10%, con aspectos exógenos (dinero, estatus, posición social o reconocimiento) y el 40% restante, con factores endógenos, donde predominan los hábitos positivos y edificantes.

En este estudio se toma como ejemplo a Japón, un país en el que, a pesar del enorme crecimiento económico que experimentó después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las personas se definen como “infelices” y llegan, incluso, a morir de tanto trabajar para ganar dinero (Japón es, de hecho, el único lugar del mundo que tiene una palabra para la gente que muere por exceso de trabajo, generalmente por derrames cerebrales o ataques cardíacos: Karoshi).

La creencia de que el dinero hace la felicidad limita la capacidad de crecimiento en, por lo menos, dos campos: 1) hace que sólo nos concentremos en ese 10% de fuente de felicidad y dejemos de lado lo afectivo, lo espiritual, lo emocional, lo humano o lo artístico y 2) nos impide disfrutar el presente o “el poder del ahora”, por ponerlo en las palabras de Eckhart Tolle, al asumir el altísimo costo energético que implica pensar todo el tiempo en eventos futuros, como la obtención de ese dinero que creemos nos traerá felicidad.

“HACE FALTA DINERO PARA GANAR DINERO”

La falsa creencia de que hace falta dinero para generar dinero sirve como excusa para que mucha gente justifique su falta de coraje y postergue sus planes laborales y financieros, lo que impacta de forma negativa en sus planes personales.

En su famoso libro “El millonario de la puerta de al lado”, Thomas J. Stanley y William D. Danko observan que más del 80% de los millonarios de los Estados Unidos son millonarios de primera generación. Esto quiere decir que no hicieron su riqueza a partir de bienes heredados, sino por su propia cuenta.

Para ganar dinero, lo más importante es dedicarnos a lo que nos gusta y ser creativos para generar buenas ideas. Y es sabido que la creatividad está asociada a los momentos de ocio, como bien lo demuestra Ernie J. Zelinski en su libro “El éxito de los perezosos”, porque la ausencia de presiones u otros estados nerviosos o angustiantes, sumada a una cierta cuota de tiempo libre, es lo que nos libera del “árbol” y nos deja ver el bosque entero. Recién cuando logramos un estado de tranquilidad, y contamos con tiempo y perspectiva, podemos echar a volar nuestra imaginación para conectar ideas, detectar nichos e inventar productos o servicios novedosos, descubrir lo que en verdad nos apasiona o lo que tenemos que hacer para salir de donde estamos.

Es cierto. Muchas veces la necesidad, las obligaciones u otros escenarios complicados del día a día hacen que no nos sintamos libres. Pero la decisión de regalarnos esos momentos de ocio creativo puede ser el comienzo de un proyecto que nos permita ganar dinero sin previa inversión.

Eso sí: para que el proceso sea productivo es fundamental que no perdamos el eje de nuestro sueño y que mantengamos el cerebro activo, aunque más no sea para imaginar.

“EL DINERO ES EL ESTIÉRCOL DEL DIABLO”

Esta frase fue pronunciada hace pocos días por el papa Francisco, en una reunión que mantuvo en el Vaticano con la Confederación de Cooperativas Italianas.

No es mi intención contradecir a Su Santidad y sé que no son pocas las personas que opinan lo mismo, pero me permito reflexionar sobre esta connotación negativa del dinero.

En sí, el dinero no tiene otra atribución que la que el ser humano decide darle. Pero como se considera un tema tabú, y desde siempre se ha volcado un inmenso caudal de emociones ligadas a lo material, es común que la gente otorgue al dinero un significado demoníaco que termina por generar culpa.

Para mí, el dinero dista mucho de ser “estiércol del diablo”, porque gracias él podemos alcanzar una libertad financiera que nos permite tener la vida que queremos y ayudar también a quienes lo necesitan.

En este sentido, mi posición es más cercana a la del filósofo y político inglés Sir Francis Bacon (1561-1626), que afirmaba que “el dinero es como el estiércol: no es bueno a no ser que se esparza'”. Y esparcirlo está relacionado con hacerlo circular y cumplir con lo que llamo el círculo natural de las finanzas personales, que se da cuando una parte del ingreso proveniente de nuestro trabajo es reciclado en forma de inversión para regresar más tarde a nuestra órbita en forma de ingreso pasivo.

Este ciclo de reciclaje del ingreso sumado al gasto natural contribuye a que el dinero se esparza y podamos, así, perseguir nuestros propios intereses, al tiempo que beneficiamos los de otros en forma indirecta, porque el poder adquisitivo nos da la posibilidad de consumir productos y servicios desarrollados por terceros y, en muchos casos, de crear puestos de empleo.

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“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender.”

 

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