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El anclaje emocional en las inversiones

Especial de Nicolás Litvinoff para el Diario La Nación 

Invertir en activos financieros es un arte apasionante, porque cuando comenzamos a comprender su lógica nos sentimos atraídos por ella; pero también es complejo, porque resulta muy difícil encadenar varios resultados positivos y debemos aprender a digerir los traspiés más o menos frecuentes. Es fundamental formarse e ir conociendo el camino para tropezar lo menos posible y solo con las piedras más pequeñas.

Aunque no la notemos a simple vista, existe un ancla emocional capaz de explicar la mayoría de los errores que se cometen a la hora de operar tanto con acciones como con criptomonedas. Asumir su existencia y reconocer su importancia son los primeros pasos que debemos dar para madurar como inversores.
El premio irá directo al bolsillo: tendremos muchas más chances de ganar dinero si logramos dominar las emociones en lugar de vernos dominados por nuestros miedos y ambiciones.

El anclaje emocional

Somos seres emocionales y, por ende, todas las decisiones que tomemos en la vida estarán influidas en mayor o menor medida por cierta sensibilidad que puede beneficiarnos o perjudicarnos. En el campo de las inversiones, mi tesis es que la persona que no puede levar el ancla emocional tiene mucho más para perder que para ganar, más aún si realiza operaciones de trading, una práctica que desde espacio desaconsejamos.

Este tipo de inversor suele quedar anclado a emociones positivas o negativas derivadas del éxito o el fracaso de decisiones de compraventa tomadas en el pasado, con lo que sus próximas operaciones se verán condicionadas y su capacidad de razonamiento limitada por sentimientos antes que fortalecida por la apertura mental y la búsqueda de buenos argumentos.

Para comprender mejor el punto, analicemos un caso de anclaje emocional positivo y otro de anclaje emocional negativo, que no significa bueno y malo. Ambos son perjudiciales a la hora de tomar decisiones de inversión.

Anclaje emocional positivo

Estamos en febrero de 2020. Nuestro amigo Claudio comienza a analizar las posibles implicancias del nuevo virus Covid-19 y acierta al cuantificar el impacto negativo que tendrá en la economía global y, por ende, en los mercados bursátiles. Inicia entonces un proceso de venta de sus acciones que finaliza justo antes de que la pandemia impacte de lleno en los mercados, por lo que ve el derrumbe bursátil “desde afuera”. Su timming fue perfecto y sus conocidos inversores lo felicitan.

Aquí es donde aparece el anclaje emocional positivo: la decisión tomada le significó una ganancia fenomenal en comparación con la suerte que corrió el mercado en los meses subsiguientes. Claudio se queda anclado al éxito de la decisión tomada y, cuando los índices bursátiles empiezan a recuperarse, siente que el movimiento será transitorio y descarta desde el vamos cualquier análisis que sugiera recomprar las posiciones vendidas en acciones, esperando que la caída continue incluso más allá de los mínimos alcanzados en los primeros meses de la pandemia.

Lo cierto es que las principales acciones continúan recuperándose, al punto que más temprano que tarde recuperan el nivel de precios al que Claudio vendió y lo terminan superando ampliamente gracias al veloz desarrollo de numerosas vacunas y las políticas monetarias expansivas aplicadas por los bancos centrales de las potencias económicas, liderados por la Reserva Federal de Estados Unidos. Se desata la euforia bursátil, especialmente en EEUU, y el índice Standard and Poor´s 500 sube 100% desde su mínimo alcanzado el 23 de Marzo de 2020.

Como corolario, Claudio se quedó afuera de la suba, con el cash devaluándose a causa de la depreciación que sufre el dólar en todo el mundo por la gigantesca emisión que viene realizando la Reserva Federal, el banco central estadounidense, a instancias del Tesoro. Nuestro amigo quedó anclado a una decisión del pasado y optó por no hacer una nueva lectura de la situación. Creyó que los hechos se repetirían y que él seguiría acertando por siempre en el diagnóstico.

Anclaje emocional negativo

Volvemos a viajar en el tiempo, pero en este caso nos vamos más atrás. Nos encontramos a principios de agosto de 2019, en la previa de las PASO para la presidencia. Sebastián decide comprar acciones de Banco Macro (BMA) a 292 pesos cada una. Le entusiasma la idea de que Cambiemos, la alianza gobernante, se imponga en las elecciones primarias y allane el camino hacia la reelección de Mauricio Macri.

Sin embargo, las PASO no resultaron como esperaba. Cambiemos y sus aliados sufren una dura derrota y los papeles de BMA caen con fuerza. Dos días después de la prueba electoral, Sebastián decide vender cada acción a 201 pesos, asumiendo una pérdida del 30%. Nuestro amigo genera un ancla emocional negativa en su memoria, producto del tropezón. Se promete nunca más comprar BMA.

Las acciones del banco siguieron cayendo hasta los 150 pesos en septiembre de 2019, a pesar de que el sector mantenía un nivel interesante de ingresos y ganancias en medio de la recesión económica y de que sus números contables indicaban precios de remate en comparación con los principales bancos de la región. Por lo tanto, la probabilidad de un rebote inminente se tornaba cada vez más alta, pero Sebastián rechazaba cualquier análisis que aconsejara volver a invertir. Ni siquiera reparaba en sus argumentos.

El rebote al fin llegó y las acciones de Banco Macro casi duplicaron su precio a fines de 2019. Si no fuese por el ancla emocional negativa, Sebastián habría recuperado el dinero perdido y obtenido un plus interesante en poco tiempo, siempre y cuando hubiese vendido más tarde, poco antes de que se desatara la pandemia.

Conclusión y consejos finales

El anclaje emocional es producto, por lo general, de decisiones de inversión tomadas en el corto plazo sobre posiciones que originariamente eran de largo plazo. Lo recomendable aquí es, antes de invertir, analizar cuánto espero ganar y en qué período de tiempo.

Por ejemplo, si estoy invertido en bitcoin a largo plazo proyectando con argumentos de peso una suba del 500% en dólares en los próximos 5 años, pero de repente veo muy probable una caída del 50% en las próximas semanas, no sería conveniente vender y abandonar la posición. El ratio riesgo/rentabilidad me dice que estoy arriesgando una potencial ganancia (en caso de vender antes de la caída) del 500% para atrapar un potencial beneficio (si luego de vender logro además compras en los mínimos) del 50%. No tiene sentido especular con un movimiento brusco de corto plazo que tal vez nunca se dé para tratar de aumentar aún más mi ganancia esperada para los próximos años.

Cualquier movimiento de ese tipo guiado por una especulación cortoplacista podría generar un ancla emocional que podría alejarme del bitcoin y llevarme a mirar de afuera una posible gran suba de largo plazo. Realizando esta simple comparación nos tendríamos que dar cuenta que mejor es no dejar que una potencial ganancia limitada de corto plazo ponga en riesgo nuestros objetivos más ambiciosos de largo.

Una opción, para los más experimentados, sería la de cargar una orden GTC (Good ‘til Cancelled, en español “orden activa hasta ser cancelada”). Consiste en dejar una orden de compra o venta a determinado precio que se ejecutará siempre y cuando no la cancelemos.

Por ejemplo, si vendo bitcoins a 50.000 dólares porque espero una caída de la criptomoneda hasta los 40.000, pero deseo seguir invertido a largo plazo, puedo colocar una orden de compra GTC levemente por encima de los USD 40.000 para que la recompra sea automática, independientemente de mis emociones en ese momento. Solo una nueva orden de cancelación impedirá la recompra.

Como puede observarse, la relación entre inversiones y emociones es estrecha, importante y compleja. Quienes comiencen a invertir en la Bolsa o en criptomonedas y quienes lo vengan haciendo desde hace un buen tiempo se sentirán identificados con alguno de los ejemplos o con ambos, porque difícilmente hayan podido superar del todo el anclaje emocional. Sin embargo, parte del aprendizaje consiste en reconocerlo al momento de la toma de decisiones para que afecte lo menos posible sus inversiones.

Las emociones se cruzan con el razonamiento. Pueden entorpecerlo o potenciarlo si reconocemos su influencia y al análisis de los activos financieros le sumamos una lectura introspectiva.

¿Tienen alguna experiencia para contar? ¡Espero sus comentarios!


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