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La mentira más cara del mundo de las inversiones (y cómo no caer en ella)

 

Especial de Nicolás Litvinoff para el Diario La Nación

Hace menos de dos décadas, cuando las criptomonedas entraron al radar del inversor minorista, el mundo de las inversiones completó una clasificación de riesgo que nadie parece animarse a revisar: bonos para el conservador, acciones para el moderado, cripto para el arriesgado. La idea suena tan obvia que resulta difícil de cuestionar. Tiene, también, un problema grave: es falsa. O, más precisamente, es una simplificación tan burda que puede resultar más peligrosa que la ignorancia total, porque le otorga al inversor una falsa sensación de que ya tomó la decisión importante cuando, en realidad, es solo el primer paso.
En la columna de hoy analizaremos una tesis que puede ser de suma utilidad para el inversor minorista: el vehículo de inversión elegido no determina el perfil de riesgo. Más importante que el activo a colocar en los portafolios es la filosofía con la que se opera ese vehículo, el horizonte temporal que se elige y el grado real de comprensión del riesgo que se asume.
Un inversor puede destruir capital con bonos de empresas insolventes con la misma eficacia con la que otro construye patrimonio acumulando bitcoin mes a mes durante una década.
¿Cuáles son los argumentos de tamaña afirmación? Analicémoslos juntos, a continuación.

La renta fija que no es tan fija

Veamos el caso del inversor que se define a sí mismo como “conservador” y, en consecuencia, destina su capital a bonos corporativos. Hasta ahí, el manual lo acompaña. Pero si ese inversor, seducido por una tasa de interés que duplica a la del mercado, coloca sus ahorros en bonos de una empresa con calificación crediticia especulativa (lo que en la jerga financiera se llama “bono basura” o high yield), ya no está siendo conservador: está apostando a que una compañía financieramente comprometida logrará cumplir sus obligaciones. Cuando esa empresa quiebra, la “renta fija” devuelve centavos por cada dólar invertido.
Otro camino igualmente costoso es el del inversor que compra bonos de largo plazo atraído por el rendimiento, sin considerar que la duración de esos instrumentos los convierte en uno de los activos más sensibles a las variaciones de tasas de interés. Cuando la inflación sube y los bancos centrales responden con alzas de tasas, esos bonos a 20 o 30 años pierden valor de mercado de manera pronunciada. El “inversor conservador” puede encontrarse con una cartera de renta fija que vale un 30% menos en dólares, atrapado en instrumentos que no puede liquidar sin cristalizar la pérdida. La historia reciente lo confirma: entre 2022 y 2023, los bonos del Tesoro estadounidense de largo plazo registraron caídas que no tenían precedente en décadas.
En ambos casos, el instrumento era “seguro”. La decisión, no.

La renta variable que puede ser más segura que un bono

El caso inverso es igualmente instructivo. Un inversor que destina su capital a ETFs de índices globales bien diversificados, con horizonte de cinco años o más, está asumiendo el “riesgo de mercado” (la posibilidad de que todas las empresas del índice atraviesen dificultades simultáneas) pero eliminando el “riesgo único” (que una empresa específica quiebre o colapse). Como señalaba en esta columna en abril de 2024, la indexación en ETFs como el VT (Vanguard Total World Stock Index Fund ETF Shares) o el SPY (State Street SPDR S&P 500 ETF Trust) muestra, en cualquier ventana de diez años, una tendencia alcista que recompensa la paciencia. Ese inversor de “renta variable” puede terminar siendo, en los hechos, mucho más conservador que quien puso todo en un bono corporativo de alto rendimiento.
El contraste al interior de la misma clase de activo se vuelve aún más extremo cuando se compara ese perfil indexador con el del inversor que opera penny stocks (acciones del panel general que valen centavos): acciones de empresas de bajísima capitalización, mínima liquidez y casi nula información pública disponible. En ese terreno, la compra de una acción se asemeja más a un juego de azar que a una decisión de inversión. El riesgo no es de mercado sino de ruleta, y llamarlo “renta variable” es un eufemismo que disfraza la naturaleza esencialmente especulativa de la operación.
Hay un tercer escenario dentro de la renta variable que ilustra cómo la filosofía importa más que el instrumento: el inversor que concentra su cartera en una sola acción de una empresa que admira puede perder todo si esa empresa enfrenta un escándalo contable, un cambio regulatorio o simplemente un ciclo adverso.
La diversificación no es un detalle técnico: es la diferencia entre invertir y apostar.

Bitcoin como instrumento de bajo riesgo relativo

Posiblemente el ejemplo más contraintuitivo sea el del bitcoin adquirido mediante DCA (Dollar Cost Averaging, o promedio de costo en dólares) en un horizonte de largo plazo. El DCA consiste en comprar una cantidad fija de activo a intervalos regulares, independientemente del precio. Esta estrategia elimina el riesgo de timing (comprar en el peor momento), suaviza el precio promedio de entrada y obliga a mantener el horizonte temporal por sobre las fluctuaciones cotidianas.
Un inversor que aplicó DCA en bitcoin durante los últimos cinco años, independientemente de cuándo comenzó dentro de ese período, registra rendimientos que superan ampliamente a casi cualquier clase de activo tradicional.
Ese mismo activo, bitcoin, comprado en un momento de euforia con apalancamiento o trocado por altcoins de mínima capitalización de mercado siguiendo el consejo de algún influencer, puede destruir el capital en cuestión de semanas.
No es el instrumento el que define el riesgo: es la estrategia, el tamaño de la posición, el apalancamiento utilizado y el horizonte elegido. Quien compra una altcoin de capitalización ínfima buscando multiplicar por diez su inversión en un mes no está invirtiendo en criptomonedas: está apostando en un casino que además no tiene horario de cierre.

El asesor inescrupuloso y la coartada del instrumento

La clasificación simplista de riesgo por instrumento no solo confunde al inversor individual: también provee la coartada perfecta para el asesor financiero que vende productos complejos bajo el rótulo de “conservadores.” Los fondos estructurados diseñados por mesas de dinero institucionales, los contratos de seguro con componente de inversión (conocidos en el mercado local como “unit linked”) o los fideicomisos de inversión con tramos y subordinaciones múltiples pueden presentarse como instrumentos de “perfil moderado” cuando en realidad encierran riesgos de liquidez, de contraparte y de mercado que el inversor minorista difícilmente pueda evaluar. El instrumento tiene nombre sofisticado, el folleto tiene muchas páginas y el retorno prometido parece razonable. Pero la comprensión real del riesgo asumido es prácticamente nula.
Lo mismo ocurre en dirección contraria cuando el propio inversor se autoengaña. La codicia es una máquina de fabricar justificaciones: “es solo el 10% del portafolio,” “es una empresa que conozco bien,” “el mercado cripto está madurando.”
Estas racionalizaciones permiten que alguien que se define a sí mismo como conservador termine operando con un perfil de riesgo altísimo, sin haberlo decidido conscientemente.

Conclusión

El perfil de riesgo de un inversor no se construye eligiendo entre acciones, bonos o criptomonedas. Se construye respondiendo otras preguntas: ¿cuánto tiempo puede permanecer invertido sin necesitar ese capital? ¿Cuánta volatilidad puede tolerar desde el punto de vista emocional sin vender en el peor momento? ¿Comprende realmente el riesgo de cada instrumento que tiene en cartera, no en términos generales sino en términos de qué escenario específico puede hacerlo perder dinero? ¿Está diversificado de manera que ningún evento singular pueda destruir una porción relevante de su patrimonio?
Un inversor que responde bien esas preguntas puede construir un portafolio moderadamente conservador con acciones globales y bitcoin de largo plazo. Uno que las responde mal puede construir un portafolio de alto riesgo con bonos si los opera con el horizonte equivocado, el monto equivocado o la comprensión equivocada.
La filosofía de inversión, en definitiva, pesa más que el instrumento
. Y reconocer eso es el primer paso para dejar de ser víctima del mercado, de los asesores o de la propia codicia.
La seguimos la próxima semana con más material de Finanzas Personales e Inversiones.


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